El futuro era esto

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Hoy vienen a La Tramoya los amigos de Peritus, expertos en ciberseguridad. Y «ciberseguridad» sigue sonando un poco a empresa tecnológica con sede en Singapur, servidores llenos de lucecitas y un hacker con capucha hablando con la voz distorsionada. Pero ya no va solo de empresas, servidores ni tipos misteriosos delante de seis pantallas. Va de nosotros. Y eso es lo curioso.

En los años noventa, todo esto nos habría parecido ciencia ficción. Tú le decías a alguien que unos años más tarde pagaríamos el café acercando un reloj a una máquina y probablemente te habría contestado: «Sí, claro. Y Paco Porras, ministro de Defensa». Pues mira, lo primero sí. Lo segundo… dejémoslo en que hemos visto cosas más raras.

También llevamos en el bolsillo un aparato con cámara, mapas, banco, televisión, radio, periódico, linterna, despertador, agenda, álbum de fotos, calculadora y acceso a buena parte del conocimiento humano. Aunque quizá lo más sorprendente sea que semejante prodigio tecnológico lo utilicemos principalmente para ver vídeos de gente cayéndose, discutir con desconocidos y comprobar si nuestro ex ha visto el estado. Eso no lo firmaba ni Spielberg.

Hemos llegado al futuro, aunque sin coches voladores ni patines supersónicos. Y, claro, todo tiene sus sombras. Hoy dependemos de cosas que hace treinta años parecían sacadas de una película: el móvil, internet, el coche que se abre sin llave, la nube… La nube. Ese lugar etéreo donde guardamos nuestra vida con una confianza que jamás tendríamos con un cajón de la cocina.

Hemos ganado una comodidad extraordinaria, pero también hemos hecho algo bastante arriesgado: hemos metido media vida dentro de aparatos y servicios que la mayoría no entendemos del todo.

Y ahí está una parte del problema. No es que seamos tontos —al menos no todos—; es que vivimos confiados, cansados y con prisa. Aceptamos condiciones sin leerlas, concedemos permisos a aplicaciones como quien reparte caramelos y pinchamos enlaces porque «igual es importante». Guardamos contraseñas que son básicamente el nombre del perro seguido del año de nuestra boda y luego nos sorprende que alguien consiga entrar.

Antes, para robarte, alguien tenía que acercarse bastante a ti. Ahora puede bastar con un SMS: «Su paquete está retenido». Tú no recuerdas haber pedido nada, pero pinchas igualmente porque… igual es importante.

Ese «igual es importante» cualquier día nos cuesta un disgusto colectivo.

Por eso tiene sentido hablar de ciberseguridad sin convertirla en una película de espías. Sin tecnicismos innecesarios, sin hackers de catálogo y sin presentar cada teléfono móvil como si escondiera un agente ruso dentro.

Porque el asunto de fondo es bastante sencillo: si una parte importante de tu vida está en el móvil, la puerta de tu casa ya no es solamente la de madera. También existe una puerta digital. Y conviene aprender a cerrarla.

Al final, el futuro era esto. Pagar con el reloj. Hablar con máquinas. Tener fotografías, documentos, conversaciones y dinero flotando en una nube. Y que alguien desde sabe Dios dónde pueda intentar robarnos mientras nosotros estamos en pantuflas mirando cómo da vueltas la cena dentro del microondas.

No era exactamente el futuro que nos prometieron. Pero es el que nos ha tocado proteger.

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