Hoy me han enviado una publicación que me ha encantado. Decía algo así: «Si alguna vez piensas que tu vida es una desgracia, recuerda que tengo un amigo que lee dos o tres libros por semana, hace ejercicio todos los días, goza de una salud de hierro, no tiene problemas económicos y, además, está rodeado de personas que quieren tener sexo con él… y aun así no para de quejarse porque está en la cárcel».
Reconozco que me pareció brillante. Porque la perspectiva lo cambia todo. Lo que para unos es un drama, para otros podría ser un sueño.
Hay quien se queja porque tiene que madrugar para ir a trabajar. Y hay quien daría cualquier cosa por tener un trabajo por el que tener que madrugar. Hay quien protesta porque su familia no le deja tranquilo. Y hay quien lleva meses esperando una llamada que nunca llega. Hay quien reniega de hacer cola en el supermercado. Y hay quien haría cola encantado si eso significara poder llenar el carro.
Nos hemos acostumbrado tanto a mirar lo que nos falta que hemos dejado de ver lo que ya tenemos. Eso sí: somos especialistas en comparar. Pero siempre hacia arriba. Miramos al que tiene el coche más grande, la casa más bonita o unas vacaciones que parecen patrocinadas por una agencia de viajes. Y entonces llega esa frase tan nuestra: «Es que con la suerte que tienen algunos…».
No. No siempre es suerte. A veces es trabajo. A veces son decisiones. A veces también es suerte, claro; negar eso sería hacer trampas. Pero muchas veces lo que cambia no es lo que tenemos delante, sino desde dónde lo estamos mirando.
Y aquí conviene hacer una precisión: cambiar de perspectiva no paga una hipoteca, no cura una enfermedad ni convierte un problema real en una frase de taza de desayuno. Hay desgracias que son desgracias se miren desde donde se miren. Pero también hay una enorme cantidad de pequeñas miserias cotidianas que solo parecen gigantes porque llevamos demasiado tiempo observándolas con la nariz pegada al cristal.
Haz una prueba. Imagina que mañana te devolvieran exactamente la vida que tienes hoy, pero después de habértela quitado durante un año. Tu casa. Tu trabajo. Tus rutinas. Esa persona que deja los cajones abiertos. El atasco de siempre. Incluso ese grupo de WhatsApp que llevas tres años pensando en silenciar.
¿De verdad volverías a quejarte de las mismas cosas con la misma intensidad? Probablemente no.
Quizá el problema no sea siempre nuestra vida. Quizá, algunas veces, el problema sea el ángulo desde el que llevamos demasiado tiempo mirándola.
Y eso, por suerte, es de las pocas reformas que todavía no necesitan licencia de obra.
No hace falta cambiar de coche. Ni de casa. Ni de pareja. A veces basta con cambiar… de perspectiva.




